Llegas a cada puerta con los nudillos por delante, ya plegados para llamar fuerte. Marte, ese músculo que aprieta la mandíbula y arranca sin pedirle permiso a nadie, se posa en el grado exacto del horizonte por donde asciendes en tu carta, esa primera piel con que tocas el mundo. Entre el impulso y la aparición no media un pasillo: cuando entras, ya vienes empujando la hoja. La gente te calibra de lejos como alguien con filo, de los que se saltan el preámbulo. El calor del cuerpo y la forma del umbral comparten un solo punto, así que apareces siempre encendido, con la sangre asomando un latido antes que la primera palabra.
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