Entras hablando, o casi, con la lengua ya tomándole la temperatura al cuarto. Mercurio, esa parte de ti que pone nombre a las cosas y empalma cables sueltos, se posa en el grado exacto del horizonte por donde asciendes en tu carta, esa primera piel con que llegas al mundo. Entre pensar y aparecer no media distancia: al cruzar el umbral, la cabeza ya va a toda marcha y se te nota en los ojos antes que en la boca. La gente te calibra de lejos como alguien despierto, veloz para la pregunta y para la réplica que la remata. El gesto de presentarte y el de razonar comparten un solo punto, así que llegas siempre con un puñado de palabras listas en la mano.