La cicatriz tira en diagonal contra la puerta por la que sales a encontrarte con el mundo. Quirón, ese punto donde la herida se hizo maestra, se atraviesa de costado con el horizonte que asciende en tu carta, y el roce deja huella: justo cuando asomas la cara, la llaga antigua se revuelve y te tuerce el gesto. Lo que querrías ofrecer al llegar y lo que todavía escuece no acaban de encajar, y ese desajuste se nota en el primer apretón de manos. De ese forcejeo terco, repetido umbral tras umbral, va saliendo con los años un modo de aparecer que ni esconde la cojera ni se entrega a ella, que la lleva a la vista sin hacerla bandera.