Quieres gustar al entrar y la sonrisa se te tuerce un punto, como un cuadro que no acaba de quedar derecho en la pared. Venus, ese afán de agradar y poner las cosas a tono, tira en ángulo torcido contra el umbral por donde apareces en tu carta, y el roce deja un desajuste. Cuando intentas presentarte encantador, algo se atraviesa y sales o demasiado complaciente o raramente seco, sin atinar con el tono. De ese rozar se aprende un encanto propio: a no mendigar afecto en la puerta, a dejar que el cariño cruce el quicio sin que te pierdas por el camino. La gracia, aquí, se gana enderezando el gesto contra el marco hasta que el agrado deja de ser un disfraz.