Lo que tienes en la entrada parece menos una puerta que una cortina de agua: la gente se acerca y no sabe del todo si ya entró o sigue afuera, si te conoció en el primer encuentro o va a tener que volver tres veces para captarte entera. Tu primer contacto llega borroso por diseño, con una suavidad que envuelve, con una mirada que parece saber del otro cosas que el otro todavía no ha contado. Naciste con el Ascendente en Piscis, y eso te dio una primera capa porosa, sin la frontera nítida que otros dan por hecha. Júpiter y Neptuno, tus regentes, no te disuelven. Te enseñan que tu modo de aparecer es permeable: recibes el ánimo de la sala antes de decir hola, tu bienvenida es más temperatura que palabra, y quien está roto se sienta a tu lado y respira mejor sin saber por qué. Lo que los demás leen como blandura, en ti es una antena finísima para lo que la gente aún no se atreve a sentir. La trampa no es soñar de más, aunque te lo echen en cara quienes nunca se mojaron. Es confundir la empatía con la falta de orilla: dejar que cada visita cambie la forma de tu casa, llevarte el ánimo de todos creyéndolo tuyo, hasta no distinguir dónde acabas tú y empieza el otro. Ahí tu apertura deja de acoger y empieza a borrarte. Está permitido tener forma sin endurecerte. La cortina puede ser de agua y aún así marcar un dintel; saber dónde acaba tu piel, sin volverla piedra, es tu oficio difícil y también tu cuidado.