Tu manera de presentarte y tu marea íntima se encaran desde los dos cabos del eje. La Luna, ese oleaje de lo que necesitas para sentirte a resguardo, queda enfrentada al umbral por donde apareces ante los demás en tu carta. Cuando llegas firme, algo tierno tira desde el otro extremo pidiendo cobijo; cuando abres el pecho de par en par, la primera piel reclama que recobres la compostura. Los dos cabos se exigen cuentas en cada encuentro, y quien tienes delante suele recibir tu oleaje antes de que tú llegues a medirlo. Vives en esa pulseada entre cómo apareces y lo que el corazón pide a gritos, achicando agua para que la puerta no se te inunde en cada saludo.