La vieja herida se sienta enfrente de la puerta por donde sales a recibir el mundo, y no se mueve de ahí. Quirón, ese punto donde el dolor se volvió maestro, queda enfrentado al horizonte que asciende en tu carta, así que cada vez que asomas la cara la marca antigua te devuelve la mirada desde el otro extremo del eje. Lo que enseñas al llegar y lo que llevas tocado por dentro se reclaman cuentas, uno señalando lo que al otro le sobra o le falta. Tropiezas con tu propia llaga en el rostro de quien tienes delante, en cómo te leen. De ese cara a cara, repetido año tras año, sale el oficio de nombrar lo que duele sin enyesarlo de antemano.