Tu modo de aparecer y tu núcleo encendido se encaran de un cabo a otro del eje. El Sol, ese brasero que late en el centro y quiere brillar, queda enfrentado al umbral por donde te muestras ante los demás en tu carta. Cuando llegas discreto, algo luminoso tira desde el otro extremo pidiendo escenario; cuando te muestras radiante, la primera piel reclama que bajes un punto el foco. Los dos extremos se exigen cuentas en cada encuentro, y quien tienes delante suele ver tu luz rebotada antes que tu rostro real. Vives en esa pulseada entre cómo te presentas en la puerta y el fuego que pide salir, calibrando cuánto resplandor cabe por el quicio sin deslumbrar al que entra.