Hay una manta doblada en la entrada, lista para echársela encima a quien venga con frío. La Luna, esa sensibilidad que olfatea el clima de los demás antes de que hablen, tiende un buen ángulo al horizonte por donde asciendes en tu carta. No se ofrece por su cuenta: depende de que tú decidas encender esa antena, de que abras el gesto cálido a conciencia al cruzar el umbral. Cuando lo haces, tu modo de aparecer gana cobijo, un arte de hacer sentir en casa a quien acaba de llegar. La ternura queda disponible como esa manta junto a la puerta, a la espera de que la tomes para presentarte con más calor y menos coraza en el primer contacto.