Tienes una palanca al alcance de la mano, y basta cargar el peso encima para que ceda. Marte, ese nervio que tensa el tendón y se dispara, tiende un buen ángulo al horizonte por donde asciendes en tu carta. No salta por su cuenta: depende de que tú decidas tomar el impulso, de que claves el pie y empujes a conciencia. Cuando lo haces, tu forma de aparecer gana coraje, una decisión limpia al cruzar el umbral, sin rodeo previo. La fuerza queda disponible como una herramienta colgada a tu costado, lista para que la descuelgues el día que quieras llegar al mundo con más arranque y menos titubeo en el primer paso.