Hay una herida vieja a la altura de la mano, lista para que la levantes cuando abres la puerta. Quirón, ese punto donde lo que dolió se hizo maestro, toca en buen ángulo el horizonte que asciende en tu carta, y se tiende sin obligarte: ahí queda, disponible, si eliges echar mano de ella al recibir a los demás. Cuando lo haces, tu forma de llegar se vuelve hospitalaria con el dolor ajeno, una palma abierta que sabe de cojeras porque ha caminado las suyas. No se asoma sola, la recoges tú; pero cada vez que reconoces esa marca antigua al cruzar el umbral, quien tienes cerca afloja los hombros y respira un poco más hondo.