Hay una vela sobre el aparador de la entrada, a la espera de que alguien le acerque la cerilla. El Sol, ese centro que quiere alumbrar y afirmarse, tiende un buen ángulo al horizonte por donde asciendes en tu carta. No prende por su cuenta: depende de que tú decidas encenderlo, de que dejes asomar a conciencia tu brillo al cruzar el umbral. Cuando lo haces, tu modo de aparecer gana calor propio, una confianza que el otro lee como presencia firme. La luz queda disponible como esa vela junto a la puerta, a la espera de que la tomes para presentarte con más centro y menos sombra en el primer encuentro.