Lo indómito de ti corre en línea limpia hasta la puerta por la que sales al mundo. Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo de la órbita lunar donde acampa lo que no se deja amansar, llega en buen ángulo al grado que asciende en tu carta, y esa parte refractaria entra ya en tu manera de cruzar el umbral. Apareces con un filo natural que no necesitas estar defendiendo: lo salvaje y la cara de llegada caminan del brazo, sueltos. Quien te ve aparecer reconoce a alguien entero en su negativa a fingir mansedumbre, y esa autenticidad amansa el aire en lugar de tensarlo, como una corriente que viene de muy hondo y baja sin pelearse con nadie por el camino.