La puerta por donde entras y la cima a la que subes respiran al mismo compás. El horizonte que asciende en tu carta, esa primera piel con que llegas a cada habitación, corre en buen ángulo hacia el meridiano por donde despunta tu vida pública, la dirección que tu trabajo señala. Cómo apareces y hacia dónde trepa lo que muestras van ya por el mismo cauce, sin que tengas que forzar el lazo ni atarlo a mano. Lo que el mundo lee en ti al entrar y el rumbo que persigues se sostienen uno al otro, como dos manos que cargan la misma viga. En tu caso, la primera impresión ya viene orientada hacia donde apunta tu obra, y eso te ahorra explicarte.