La Parte de la Fortuna, ese lugar calculado entre Sol, Luna y horizonte donde la vida se acomoda sola, se ofrece en buen ángulo a Lilith, la Luna Negra, ese punto del apogeo lunar donde vive lo que no se deja amansar. A sesenta grados aguarda una veta indómita al alcance, pero no salta sola a la mano: hay que estirar el brazo. Si recoges lo salvaje cuando pisas suelo blando, tu respiro gana filo propio, una negativa serena a fingir mansedumbre. La puerta queda entornada, no abierta. Cada vez que dejas entrar a la fiera en el remanso, el alivio sabe más a ti, y basta empujar un poco para que tu calma deje de ser sumisa.