Tu casa interior tiene techos altos y la gente respira distinto apenas cruza el umbral. La generosidad que abre los brazos y el cuidado que escucha hondo viven en ti en el mismo aire, trígono de Júpiter y la Luna, y acoger no te cuesta ningún esfuerzo. Recibes sin protocolo, oyes sin agenda, das sin llevar la cuenta. Quien pasa una hora contigo se va con un peso menos del que trajo. Y ahí está lo curioso de este don tan constante: como siempre estás disponible, los demás dejan de verlo, lo dan por el clima de la casa y nadie sostiene la casa misma. Tu calor es raro aunque a ti te parezca de diario. No lo repartas a ciegas.