Das con las dos manos y no te quedas en los huesos, porque das desde lo que sobra y no desde lo justo. La generosidad que se expande y el yo que tiene centro propio comparten en ti una misma luz, trígono de Júpiter y el Sol, y brillas sin consumirte. Irradiar te sale solo; la gente cercana se calienta contigo y encima te devuelve algo, porque tu luz no cobra peaje de homenaje. El riesgo no es brillar poco. Es no notar lo raro que es y derramar esa luz en salas que la dan por descontada. Tu sol también puede elegir dónde posarse. Elegir no es ego. Es cuidar lo que repartes.