Quirón, ese punto donde el dolor se hizo maestro, cae sobre el mismo grado que Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo lunar donde vive lo que no se deja domesticar. Fundidos en una sola baldosa, la llaga y el colmillo salen de la misma boca: rascas la cicatriz y debajo gruñe lo salvaje, sin frontera entre uno y otro. Aquí el dolor antiguo no llora pidiendo perdón. Muerde, se yergue, se planta. Curar y desafiar son un único gesto, no dos turnos. En esa esquina de tu carta la herida no te ablanda: te saca un colmillo, y de esa fusión nace una entereza que no necesita mansedumbre para sostenerse de pie.