En las compañías de teatro independiente siempre hubo una actriz que se negaba a hacer de hija buena o de esposa abnegada, y que solo aceptaba personajes intensos, incómodos, demasiado vivos para el gusto fácil. Tardaba más en conseguir trabajo. Pero cuando por fin subía al escenario, el público se enderezaba en la butaca: ahí había una mujer entera, sin recortar. Tu Lilith en Leo marca esa misma zona. Lilith no es un asteroide ni un planeta, sino el apogeo de la Luna, el punto más lejano de su órbita: un lugar que se calcula en el mapa, no un astro que brille en el cielo, y nombra la parte de ti que se niega a apagarse para que otros estén cómodos. Aquí lo que no se domestica pasa por el brillo, la autoría, el derecho a tener escenario propio sin disculparte por quererlo. Aprendiste pronto que cuando ocupabas demasiado espacio alguien cercano se incomodaba, y aprendiste también que achicarte para no molestar te dejaba apagada por dentro, con la función a medias. El nudo no es la vanidad. Es confundir tu legítimo deseo de ser vista con un capricho que hay que justificar en cada ronda, como si tu luz necesitara permiso de la sala para encenderse. Tu brillo tiene derecho a salir sin pedir perdón. ¿A qué sala te toca entrar esta semana ocupando exactamente el sitio que ya es tuyo?