Tu vida de puertas adentro y tu cara ante el mundo viven en dos pisos del mismo edificio que rara vez se cruzan en la escalera. La Luna y el Sol se cruzan en ángulo recto en tu carta: la intimidad que se recoge muele contra la identidad que sale a expresarse. Brillas fuera y traicionas un poco a tu casa interior. Te encierras a sentir y te culpas por no estar haciendo. La cuenta la pagaste en años de sentirte dos personas según el contexto, agotado de tanto traducirte. Has aprendido a no traicionar ninguno de los dos hogares. Una identidad madura los lleva en el mismo cuerpo sin pedir perdón. Habitaste dos vidas que no se hablaban, y de ahí esa integración poco común.