La marea entra en la cala mansa y llena cada hueco hasta el pie de la cumbre de tu carta, sin golpear la roca. La Luna, esa parte que siente y acoge sin proponérselo, corre en buen ángulo hacia el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El ánimo y la cima visible bajan juntos por el mismo cauce: cuando te muestras, el sentir acude solo y te templa la cara que das al mundo. La gente huele esa hondura cálida y te confía lo que no dice en voz alta. Esa sintonía no la fabricas, ya la traías templada, y en ella tu modo de asomar lleva la suavidad de quien siente y se muestra en un mismo gesto.