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Marte en casa 1

Entras a una sala y el aire se mueve antes de que digas nada, porque el cuerpo ya tomó la decisión que la cabeza aún está redactando. Marte cayó en tu casa 1, la del cuerpo y la primera impresión, y por eso tu manera de querer y de empujar vive en la piel de fuera: el paso que pisa con intención, la mandíbula que se tensa primero, el calor que se te sube a la cara cuando algo te importa. Lo tuyo tiene una forma reconocible. Actúas antes de pensarlo y luego defiendes la acción como si la hubieras planeado, porque rendirte da más vergüenza que equivocarte. Ahí hay un don y hay un coste. El coste es coleccionar peleas que nadie te pidió, gastar fuego en muros que solo estaban de paso. El don es que arrancas mientras los demás todavía dudan, y esa ventaja es real. Funcionas mejor cuando tu impulso encuentra un blanco que merezca el embiste, y cuando notas que la sangre sube de golpe, una respiración más de la que crees necesaria suele bastar antes de moverte. Llamarlo agresividad disfrazada es no entenderlo. Es el motor con el que ocupas tu propio espacio en el mundo.