Empujas con todo el hombro y enfrente, en el otro cabo del cielo, alguien empuja igual de fuerte. Marte, ese músculo que aprieta la mandíbula y arranca sin pedir permiso, queda enfrentado al meridiano por donde sube tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El impulso y la cima visible se encaran y se reclaman cuentas: cada vez que arremetes hacia lo que haces, algo enfrente te planta cara y te hace ganarte el sitio a pulso. La pugna no afloja, ningún cabo cede solo. Vives en ese pulso sostenido entre tu fuerza y lo que muestras al mundo, hecho a no abrir un frente de guerra en cada quicio ni a bajar el brazo el primero.