El remo entra en el agua y la barca sale disparada hacia la cumbre de tu carta. Marte, ese impulso que arranca y no anda disculpándose, corre en buen ángulo hacia el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El impulso y la cima visible bajan por la misma corriente: cuando te muestras en lo que haces, la fuerza acude sola, como si el cuerpo ya supiera el gesto antes de pensarlo. El mundo te ve avanzar con un vigor que no parece costarte. Esa energía no la fabricas, ya la traías repartida a lo largo del paso, y en ella tu modo de asomar a lo público lleva el nervio firme de quien empuja con todo el río a favor.