La cicatriz vieja y la cumbre de tu carta laten en un solo punto del cielo. Quirón, ese lugar donde la herida se volvió oficio de enseñar y no un planeta con masa, se posa sobre el grado del meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. Lo que un día te abrió en canal y aquello por lo que te reconocen ocupan el mismo umbral, sin junta entre medias. Cuando das un paso hacia lo visible, la marca antigua sube contigo y se hace materia de tu vocación. No la tapas tras un título: cojeas en público a propósito, y es justo esa cojera, no el diploma, la que te vuelve alguien a quien otros confían su parte rota.