Quieres decir lo que piensas y la frase se te anuda en mitad de la garganta camino de la cumbre de tu carta. Mercurio, esa mente que corre y va emparejando palabras, tira de costado contra el meridiano por donde sube tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. La palabra y la cima visible se cruzan de través, y el roce deja tirón: lo que dices no cuadra con lo que muestras, el mensaje se enreda cuando más claro lo necesitas. De ese rozar aprendes a echar el freno a la prisa, a dejar que la idea pase entera por el quicio antes de empujarla al mundo. La voz, aquí, te la ganas limando el atropello hasta decir, al fin, lo que de verdad enseñas.