La cicatriz vieja se mete en escuadra contra la cumbre a la que subes. Quirón, ese lugar donde la herida se volvió oficio de enseñar y no un astro con cuerpo, tira de costado contra el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. Lo que un día te dolió no marcha al paso del rumbo que persigues delante de todos, y el codo choca cada vez que asomas a lo visible. La llaga se atraviesa justo donde querrías mostrarte entero, descolocándote el gesto. De ese rozar terco, repetido año tras año, vas tallando un modo de aparecer que ni esconde la cojera bajo el escritorio ni la usa de coartada, sino que la pone a trabajar dentro del propio oficio.