El director de orquesta entrenado a la antigua aprende a entrar al escenario antes de aprender a mover el primer compás, porque el público empieza a leer el concierto en el modo de pisar la madera, mucho antes del primer sonido. Llevas el Medio Cielo en Leo, y entras así en cualquier sala. El Sol está fuerte en este ángulo, y por eso tu cara pública pide ser vista sin pedir disculpas por pedirlo. Lo habrás notado: cuando entras bien, la sala se ordena sola alrededor de tu presencia; cuando entras apagado, te vuelves casi invisible y a ti mismo te cuesta encontrarte. No estás hecho para el segundo plano. Te buscan para liderar, para poner la cara, para encender lo que estaba a media luz, y haces falta firma propia, autoría, un escenario que sea tuyo. Lo que se te enreda no es el gusto por brillar, que muchos confunden con vanidad y no lo es. Es que el aplauso se te cuela como medida de tu valor, y entonces dependes de la mirada de fuera para saber si lo tuyo sigue encendido. La luz que se sostiene a oscuras, cuando nadie aplaude ni mira, es la que de verdad te pertenece. Mira si la calidad de tu obra te sigue gustando con el escenario vacío. Si resiste ahí, resiste en todas partes.