La cumbre a la que subes y la brújula de tu carta se encaran, cada una en un borde del cielo. El Nodo Norte, ese eje calculado que apunta tu rumbo evolutivo y no un cuerpo con masa, queda enfrentado al meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El lugar visible donde te muestras y la dirección de crecimiento hacia la que tiendes se reclaman cuentas de cabo a cabo del eje, cada extremo señalando lo que al otro le falta. Lo que enseñas delante de todos tira hacia un lado y aquello que te haría crecer reclama desde el otro, sin tregua. Te reconoces en esa cuerda tirante, aprendiendo a sostener ambos cabos sin entregarte del todo a ninguno.