Un cuaderno abierto sobre la mesa espera que eches mano del lápiz para izar la cumbre de tu carta. Mercurio, esa agilidad que enhebra ideas y da con la palabra justa, tiende un ángulo abierto hacia el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. La frase precisa está ahí, a tu alcance, si la recoges a conciencia en lo que haces. Cuando decides explicar lo que muestras al mundo, el verbo acude limpio: nombras, ordenas, y el mensaje encaja sin atascarse. No te desborda ni te falta; te brinda la palabra y tú eliges cuándo soltarla. Así tu modo de asomar a la vocación gana claridad, una voz que sabe contarse sin rodeo a quien escucha.