Una ventana orientada al este espera que descorras la cortina sobre la cumbre de tu carta. El Sol, ese centro que quiere alumbrar y afirmarse, tiende un ángulo abierto hacia el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. Tu luz está ahí, a tu alcance, si la recoges a conciencia en lo que haces. Cuando decides poner tu identidad entera en lo que muestras al mundo, el brillo responde limpio: te afirmas, destacas, sin forzar el gesto. No te ciega ni te apaga; te brinda la luz y tú eliges cuándo encenderla. Así tu modo de asomar a la vocación gana una claridad propia, un sello que el mundo reconoce como tuyo y de nadie más.