El amanecer sube por el cielo y dora la cumbre de tu carta a su paso, sin estridencia. El Sol, esa parte que brilla y se afirma sin tener que pelearlo, corre en buen ángulo hacia el meridiano por donde asoma tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. Tu identidad y la cima visible bajan juntas por el mismo cauce: cuando te muestras, el brillo acude solo y tu trabajo lleva tu sello sin que lo impongas. El mundo te ve destacar con una naturalidad que no parece costarte. Esa luz no la fabricas, ya traías el centro encendido, y en ella tu modo de asomar lleva la calidez de quien es, delante de todos, exactamente él mismo.