El guion que recitas sin mirar la hoja descansa a un lado, por si quieres dejar de decirlo en voz alta. Mercurio, ese mensajero que enhebra una frase con otra sin esfuerzo, hace buen ángulo con el Nodo Sur, el eje calculado que marca la tierra conocida de donde vienes y no un cuerpo que orbita. La labia que manejas con soltura es un recurso de siempre, a tu disposición para callarlo cuando sobre. Nadie te obliga a explicarte. Reconoces el discurso aprendido, esa charla automática, y dejas de repetirla. Se abre un silencio cómodo en la boca. Y lo familiar pesa en la lengua mucho menos de lo que creías.