Trazas tu nombre con bordes firmes y al instante algo en ti se diluye en cuanto un rostro ajeno te conmueve. Neptuno y el Sol se cruzan en ángulo recto en tu carta: la identidad que quiere ser reconocible muele contra la disolución compasiva que se entrega al otro. Te afirmas y te incomoda la rigidez. Te diluyes y se te borra tu propio nombre. Esto lo pagaste en años de oscilar entre ser muy presente y casi invisible, según con quién estuvieras. Has aprendido a tener firma sin perder porosidad. Puedes ser nítido y a la vez quedarte abierto a lo que llega. Te perdiste y te recuperaste muchas veces para llegar a esa hospitalidad poco común del yo: sólido por dentro, permeable por fuera.