Quirón, ese punto donde el dolor se hizo maestro, se cruza de costado con el Nodo Norte, ese eje calculado que marca tu dirección evolutiva y no un astro con cuerpo. Noventa grados los traban en cruz: justo cuando empujas hacia delante, la cicatriz se gira y te tuerce el paso. La parte que quiere crecer y la que aún escuece muelen una contra otra, sin encajar. Cada avance pasa rozando la herida vieja, y eso escuece. Pero de ese forcejeo, a fuerza de rozar, sale un camino que no finge no haber dolido. En la casa donde se traban, lo que te empuja adelante es exactamente lo que un día te partió.