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Quiron en Acuario

Un chico crece en un pueblo sin emisora, demasiado raro para los de su clase, y arma una antena de radioafición con piezas sueltas en el techo. De noche barre el dial buscando a los pocos que en algún otro pueblo piensan parecido. Treinta años después esa rareza se volvió un oficio: sabe encontrar a su gente en el punto exacto del dial, sin esperar a que el barrio se la sirva. Llevas un Quirón en Acuario, y el centauro que lo habita aprendió su lección por el lado del grupo. Algo temprano: una no pertenencia, la sensación de ser distinto, de quedar fuera del corro, de tener un costado raro que ni el aula ni la familia supieron recibir. Aprendiste a desconfiar de la pertenencia fácil, a sospechar de los grupos que pedían encajar para dejarte entrar, a defender tu ángulo lateral aun a costa del lazo cercano. Y de ahí tu don: acompañas a otros raros que también buscan una tribu que no les pida normalizarse. Lo que pesa no es tu independencia. Es tratar aquel exilio antiguo como una prohibición de dejar que alguien hoy te conozca de cerca. La pertenencia adulta tiene sitio para tu costado raro entero. ¿Qué grupo pequeño ya está esperando que entres sin pedirte que limes nada?