Un marinero de cabotaje cruza una tormenta con los instrumentos rotos y vuelve vivo orientándose por la dirección del viento sobre la piel, por el olor distinto del agua cerca de la costa. Ese saber sin manual, hecho de pura sensibilidad, se vuelve con los años la diferencia entre regresar y no regresar. Lo que casi lo mató le enseñó a leer el mar por dentro. Llevas un Quirón en Piscis, y el centauro que lo habita aprendió su lección por lo difuso. Algo temprano: una permeabilidad sin orilla, días en que absorbías el clima emocional de los adultos como si fuera tuyo, en que borrabas tus propios contornos para sostener la atmósfera de la casa, o un hueco de pérdida que en la mesa común no se podía nombrar. Aprendiste a dudar de tus límites, a confundir tu ánimo con el de quien tenías cerca, a desconfiar de cualquier alegría sostenida porque ya conocías la niebla siguiente. Y de ahí tu don: tu compañía llega como bálsamo a quien atraviesa pérdida o confusión, porque tu cuerpo conoce el oleaje. El nudo está en confundir aquel viejo borrarte con compasión adulta, y perderte entero cada vez que alguien cercano sufre. La orilla también es una forma de cuidar. ¿Qué forma propia te toca sostener esta semana aunque la niebla ajena pida que la disuelvas?