Tu firma no se deja imitar. Aunque alguien calque el trazo, le falta la velocidad con la que llegó al papel, y eso no se enseña. El Sol y Urano habitan un mismo grado de tu carta, y por eso tu identidad es un original irrepetible: ser tú es, por definición, no terminar de encajar. Te cuelgan etiquetas y se te caen al rato. Te meten en una caja y la rompes sin darte cuenta. Por eso apareces donde alguien tenía que abrir una puerta que aún no existía. Con las rondas vas dejando de confundir tu originalidad con la obligación de estar siempre fuera del molde. A veces estar dentro, habiéndolo elegido tú, también es una novedad.