Hay una manera tuya de coger un vaso que ya dice quién eres antes de que llegue la palabra. El Sol cayó en tu casa 1, la del cuerpo y del primer contacto, y eso deja tu identidad colgada de la piel de fuera: el gesto, la postura, el aire que llevas puesto como temperatura propia. Mira lo que ocurre cuando entras a un sitio: la gente decide algo sobre ti en tres segundos, te lee deprisa, a veces te confunde de raíz, pero casi nadie te olvida. Tu presencia trabaja por ti sin que digas una palabra, y esa es tu suerte. La trampa está justo al lado: puedes pulir tanto la primera impresión que ya nadie llega al segundo cuarto, donde vives de verdad. Así que entra con cuerpo y con curiosidad, no con armadura. Deja que tu luz abra la puerta y luego escucha quién más respira en la sala. Tu presencia es tuya y nadie te la presta. Habítala despacio, sin pedirle permiso a la fila de espera.